La reconquista de La Gran China Continental, lidereada por el presidente eterno de la República Popular de China Li Ka-shing, quién casualmente también era el chino más rico del mundo, había llegado casi a su fin. Corea del Sur había caído sin dificultades, Japón y Rusia habían presentado algunos inconvenientes, pero se habían postrado al fin ante los descendientes del glorioso emperador Amarillo.
Pero Corea del Norte había presentado una resistencia inesperada y sangrienta. Kim Jong-il, a pesar de su aspecto ridículo y sus excentricidades había demostrado ser un gran estratega, casi a la par de Haníbal o de Julio César.
Pero eventualmente, la superioridad militar de 1.5 billones de chinos prevaleció y solo unas aŕeas de Pyongyang quedaban bajo su poder, hasta que finalmente, no quedó nada más que un reducido perímetro alrededor del Hotel Ryugyong.
Así que, mientras decenas de miles de tropas de élite del Ejército Rojo se preparaban para emprender su embestida final y llevar la cabeza del presidente Norcoreano ante Li Ka-shing, Kim Jong-il sonrió. El hotel había quedado inconcluso por un motivo específico, y no por falta de presupuesto como decían unos, ni por tratarse de una nave espacial enterrada como afirmaban otros.
La estructura del Hotel Ryugyong se trataba en realidad de la cabeza nuclear más grande del mundo, su fuerza destructiva tán grande que tal vez terminara abriendo un agujero en el espacio tiempo, o movería el polo mágnetico terrestre unos cuantos grados. Kim Jong-il dedicó su última victoria a su padre, presidente eterno de la ya inexistente República de Corea del Norte, y después de unos segundos de titubeo en los cuales pudo escuchar a los soldados del Ejército Rojo bajando los escalones de su último refugio, presionó el botón.
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Pero Corea del Norte había presentado una resistencia inesperada y sangrienta. Kim Jong-il, a pesar de su aspecto ridículo y sus excentricidades había demostrado ser un gran estratega, casi a la par de Haníbal o de Julio César.
Pero eventualmente, la superioridad militar de 1.5 billones de chinos prevaleció y solo unas aŕeas de Pyongyang quedaban bajo su poder, hasta que finalmente, no quedó nada más que un reducido perímetro alrededor del Hotel Ryugyong.
Así que, mientras decenas de miles de tropas de élite del Ejército Rojo se preparaban para emprender su embestida final y llevar la cabeza del presidente Norcoreano ante Li Ka-shing, Kim Jong-il sonrió. El hotel había quedado inconcluso por un motivo específico, y no por falta de presupuesto como decían unos, ni por tratarse de una nave espacial enterrada como afirmaban otros.
La estructura del Hotel Ryugyong se trataba en realidad de la cabeza nuclear más grande del mundo, su fuerza destructiva tán grande que tal vez terminara abriendo un agujero en el espacio tiempo, o movería el polo mágnetico terrestre unos cuantos grados. Kim Jong-il dedicó su última victoria a su padre, presidente eterno de la ya inexistente República de Corea del Norte, y después de unos segundos de titubeo en los cuales pudo escuchar a los soldados del Ejército Rojo bajando los escalones de su último refugio, presionó el botón.
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